Messi, Maradona y Argentina

Volvía Leo Messi a disputar un gran torneo con Argentina y, como siempre que el ‘10’ se enfunda la albiceleste, la expectación volvía a ser máxima.  Volvía el eterno debate, la espina que tiene clavada Messi: su labor con la Selección. Y es que es la guinda que le falta a su espectacular palmarés. Su sinfonía inacabada. Parece que nunca podrá optar al trono de mejor de la historia si no consigue una hazaña de épicas proporciones para su país.

Y por tanto la presión cada vez es mayor. Injusta, porque sólo vale ganar. Pero al mismo tiempo creciente, porque cada vez quedan menos oportunidades de revertir la situación. Y tras él la sombra cada vez más grande de la leyenda más venerada de Argentina: Diego Armando Maradona.

La Selección demanda lo mejor de Leo. Aunque haya por ahí quién lo niegue, a lo largo de todos estos años Messi ha compartido el vestuario de Argentina con auténticas estrellas en Europa: Agüero, Di María, Higuaín, Mascherano, Dybala, Otamendi… todos en algún momento la rompieron. Todos han demostrado ser jugadores importantes en sus clubes. Pero desde un tiempo a esta parte el clima que se respira en cada convocatoria es insostenible. Están tensos, agarrotados. Forzando constantemente sus acciones para que Messi resuelva. Un Messi que no encuentra ni táctica ni organizativamente el ecosistema que sí tiene en Barcelona y que le permite sacar lo mejor de sí mismo.

Por tanto, es una relación tóxica, que perjudica a todas las partes. A Messi, al que hemos visto desquiciado, incluso rajando contra la CONMEBOL. A sus compañeros que, salvando honrosas bocanadas de aire fresco como Paredes, Lautaro o De Paul, no son capaces de ofrecerle nada de su talento a Messi. Y por supuesto a la afición argentina, que añora para sí misma una de esas exhibiciones que Messi reparte en Europa. Esas que sí que le vio al Pelusa con la ‘10’ de la albiceleste.

Sería de necios negar que Messi es un jugador estratosférico. Lleva más de una década en la más absoluta élite (junto con un tal Cristiano Ronaldo). Sus cifras y sus títulos son prácticamente inalcanzables. Pero el Diego, sin ser ejemplo de absolutamente nada fuera del campo, dentro era especial. Tenía el brillo, el aura. Estaba elegido. El talento ambos lo tienen, pero el Diego derrochaba carisma.

Cuando en 1984 salió de Barcelona rumbo a Nápoles, podría haber firmado por cualquier grande de Europa. Pero asumió el reto napolitano, el de un club que se acababa de salvar del descenso por un solo punto. Y en su presentación, tomó la palabra y prometió ganar el Scudetto. Y lo ganó. Fue un gesto de irresponsabilidad, quizás. Pero esa irreverencia que le llevó a preferir liderar a un club humilde que unirse a un club ganador y esa manera de involucrarse con el público, consiguen una comunión brutal entre jugador y afición. Y esa era el punto fuerte de Diego. Ese carácter ganador, esa personalidad arrolladora, ese carisma que hace que un público tan caliente como el argentino le venere.

Porque con la Selección fue igual. Porque en aquel Mundial del 86, actúo como un hincha más de Argentina contra Inglaterra, con el marcado trasfondo político que tenía el encuentro. Porque consiguió traer el Mundial a su país después de dar innumerables recitales en México. Porque aún lesionado, en el 90 fue capaz de imponer y condicionar a los rivales con su mera presencia y colocar a su país a un paso de repetir la hazaña (aquí podríamos entrar a discutir aquel penalti a favor de Alemania en la final) Y porque, aun siendo una sombra de lo que fue, se entrenó y machacó todo lo que pudo para jugar el repechaje del Mundial 94 y liderar por última vez a su Selección en Estados Unidos ante el clamor popular que pedía su vuelta.

Quién sabe lo que habría conseguido el Pelusa en el fútbol actual. Porque además de carisma, se escondía en él un jugador brutal. Más allá de sus legendarias actuaciones con su Selección, el Calcio de finales de los 80 y principios de los 90 era la mayor constelación de estrellas por metro cuadrado. Italia dominaba los recursos y tiranizaba el fútbol. Y entre todas ellas emergía su figura. ¿Cuántos Balones de Oro habría conquistado si en su época no hubiera sido un premio restringido a futbolistas europeos?

Pero quizás la pregunta que deberíamos hacernos es: ¿qué habría sido de Maradona con un entorno que en vez de aprovecharse de él le hubiera beneficiado? Quién sabe si su figura hubiera sido tan enorme de no tener ese punto de oscuridad. Ese toque de imperfección que convierte a un semidios en un ángel caído.

Tristemente, al Diego que vemos hoy no es posible dedicarle un ápice de veneración. Puede que sea mejor quedarnos con lo que trasmitió en la cancha y el legado que dejó. Un sinfín de frases para la posteridad que marcaron la historia del fútbol. Una personalidad fuerte y una capacidad de liderazgo sin igual. Y es que, como dice Claudio Cannigia en esta espectacular entrevista, “Maradona siempre le puso el pecho a todo”.

El Pelusa siempre fue de cara, siempre asumió la responsabilidad, siempre lideró, siempre pidió la pelota. Y no digo que Messi no lo haga, digo que no lo demuestra. Se ve en el césped, cuando deambula cabizbajo por el campo. Rehúye de ese papel de líder que sus cualidades futbolísticas le otorgan. Con el paso de los años, veremos con perspectiva el poso de Messi como ahora lo hacemos con Maradona. Pero me da que para sus compatriotas primero está el Diego, y después el resto.

Foto: 20Minutos

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